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La radicalidad poética de Ezra Pound

septiembre 25, 2007

MARIANO ANTOLIN RATO

LA POESIA «GLOBAL».- Llegan a España nuevos libros del controvertido poeta norteamericano Ezra Pound (1885-1972). Su obra se vuelve a poner de moda gracias a la publicación de dos de sus creaciones literarias. El ABC de la lectura, traducido por Miguel Martínez-Lage, aunque es un libro dedicado a estudiantes, está repleto de opiniones radicales y contundentes. Pound considera al poeta inglés John Milton un idiota y obtuso y a Shakespeare un dramaturgo frustrado porque su obsesión era la poesía. Por otro lado, Hiperión publicó Personae, un poemario traducido por Jenaro Talens en el que el poeta pretende trasladar al inglés la concisión de una lengua oriental como el japonés.

MADRID.- Casi todos los españoles a quienes interesa Ezra Pound -y no son tan pocos-, saben que el poeta norteamericano cuenta con un monumento en Medinaceli.

Consiste en un monolito de piedra que tiene grabado: «Todavía cantan los gallos de Medinaceli al amanecer». Se trata de un verso que, según la leyenda, Pound escribió después de pasar una noche en un pajar. Eran los inicios del siglo XX. Por entonces Pound -otra vez la leyenda- recorría a pie Italia, Francia (sobre todo el sur, la Provenza) y, claro está, España. Todavía era estudiante en su país natal, había venido a Europa con una beca, y se proponía hacer una tesis sobre el «gracioso» en las comedias de Lope de Vega.

Nunca llegó a terminarla -al menos, no la publicó- pero se refiere a Lope, al Poema del Cid, y a Pérez Galdós, en su primera obra no estrictamente poética: El espíritu del Romance, aparecida en 1910. Las referencias a la literatura española seguirán presentes en sus escritos posteriores. Y así, en uno de sus últimos Cantos -de los años 50- vuelve a mencionar unos versos del Cantar del Mío Cid y otros de Animal de fondo, de Juan Ramón Jiménez.

Orientalismo

Además, Ezra Pound hizo frecuentes referencias -en ocasiones excesivas- a poetas chinos, japoneses, provenzales, italianos, ingleses, franceses, norteamericanos -pocas a éstos, si se exceptúa a Walt Whitman, a quien nunca apreció-, y prosistas como Henry James o Gustave Flaubert, demostrando unos conocimientos literarios enciclopédicos. De hecho, fue el primer escritor occidental que consideró seria y honradamente a un autor no occidental como un clásico, difuminando así las líneas del imperialismo de la cultura de donde se pone el sol.

Ezra Loomis Pound nació en 1885 en una cabaña de Hailey, Idaho, uno de los Estados más perdidos de la Norteamérica profunda. Estudió en la Universidad de Pennsylvania, graduándose en el equivalente a Filología Románica. Estuvo un año de profesor ayudante en una universidad de Indiana, de donde fue expulsado por conducta indecorosa -él siempre insistió en que se había tratado de un equívoco fruto del puritanismo de su país-, y en 1908 se traslada a Europa, con 80 dólares y la cabeza llena de ideas -contará Pound-.

Ese mismo año, en Italia, publica su primer libro de poemas, A Lume Spento. Enseguida se instala en Londres, donde reside hasta 1920 con su aire de cowboy -se ha dicho-, y llevando una vida intensa, tanto literaria, como social y política, que deja una huella imborrable en la literatura de las dos primeras décadas del siglo.

Se ha subrayado la generosidad de Pound para con sus colegas y amigos. De hecho, algunos calculan que en esa época sólo dedicó una quinta parte de su tiempo a su propia poesía y obra crítica, ocupando el resto de sus horas en ayudar, tanto literaria como económicamente -él no tenía dinero, pero sabía dónde conseguirlo- a escritores que, según él, merecían la pena, y nunca erró, como D.H. Lawrence, James Joyce, Williams Carlos Williams y, un poco después Ernest Hemingway. Este escribió de Pound: «Siempre daba la impresión de estar a punto de ir a otro sitio. Tiene el temperamento de un toro de lidia de don Eduardo Miura. Si alguien despliega un capote o le ofrece una muleta, embiste». Y añade Hemingway: «Pound es un hombre alto, de barba pelirroja, con un extraño corte depelo y muy tímido… y no piensa que haya venido a este mundo a sufrir».

En esos años publica sus más importantes poemas, se casa, defiende a los trovadores franceses y de los italianos -a los que ve como contemporáneos suyos, no como piezas de museo-. También traduce y, junto a otros poetas y artistas plásticos, crea movimientos de vanguardia como el Imagismo o el Vorticismo.

Todos los poemas de esa época, más algunos inéditos y bastantes de sus peculiares, brillantes e influyentes versiones, paráfrasis y adaptaciones de los poetas provenzales, chinos, griegos y romanos, que convulsionaron la poesía anglosajona, quedan recogidos en Personae. Traducidoahora al castellano de modo impecable por el poeta Jenaro Talens y el editor Jesús Munárriz (Hiperión, Madrid, 2000). Personae ofrece la poesía de Pound, anterior a los Cantos, iniciados al final de su estancia londinense y editados aquí hace unos meses por Cátedra (Madrid, 1999). En ellos «incorpora su erudición a su sensibilidad» -T. S. Eliot dixit-, y pone de manifiesto la idea de personaje, de máscara, que tenía el término persona en latín. Uno de ellos es el famosísimo, «En una estación del metro» -perteneciente al libro Lustra, 1913-1915-.

Condensación

El poema dice: «La aparición de esos rostros entre la multitud;/ pétalos sobre una rama negra, húmeda», y ha quedado como una muestra especialmente conseguida en un idioma occidental de esa forma poética japonesa tan condensada y perfecta, el haiku. Pound pone de manifiesto sus intentos -a veces, como ésta, tan logrados- de trasladar al inglés la concisión y calidad visual de una lengua ideográfica, como el japonés. Defiende, además y sobre todo, los placeres de los sentidos, por mucho que los placeres de la literatura no sean del mismo orden que los de los sentidos. Pero es que, para Pound, la literatura no es una cosa mental: la poesía se compone para ser leída en voz alta.

La versión de Talens y Munárriz es la mejor de las posibles hoy en día, aunque a veces no transmita, por ejemplo en el extenso poema Mauberley -resultado de años de trabajo, con su simplicidad y sus rimas ingenuas y variadas (imposibles de traducir al castellano, de acuerdo, aunque esto lo discutiría Angel Crespo)-, que no transmitan los juegos rítmicos tan buscados por Pound. Y muchos críticos que niegan que Pound posea la menor calidad, al menos le conceden que tenía «oído». Eso no impide que el lector aprecie en esta versión, difícilmente mejorable y que quedará como referencia imprescindible de Pound en castellano, cómo pide tiempo el poeta «para verse libre de… de su desconcierto» con «un pensamiento inconexo hecho de estas borrosas series de intermitencias» que «le llevaron, como él bien sabía, a su exclusión final del mundo de las letras», y a encontrarse con la inscripción «hasta aquí arrastró la corriente a un hedonista» -las frases entrecomilladas pertenecen el mencionado Mauberley.

En 1920, pues, Pound deja Inglaterra, según él: «Un país donde las personas incompetentes tienen unas maneras tan agradables y una personalidad tan delicada y atrayente, que resulta penoso herir sus sentimientos imponiéndoles una crítica competente». Instalado en París, se une a jóvenes escritores franceses y a los expatriados norteamericanos de lo que se llamó Generación Perdida -un nombre que la escritora Gertrude Stein aplicó a Scott Fitzgerald, Dos Passos, o el mencionado Hemingway, entre otros-, y continúa hablando poéticamente por boca de otros, emprendiendo monólogos dramáticos, mezclando pasado y presente. Y pone de manifiesto que se atiene a su principio de que «si la vida de un hombre le exige vivir en el exilio, que sufra, disfrute su exilio con alegría».

En 1924, Ezra Pound se traslada a Italia. Entonces está entregado a la composición de sus monumentales Cantos, y también -para desgracia suya- se ocupa de política y de economía, obsesionado por su teoría de la usura. Publica algunos importantes libros de crítica literaria, como El ABC de la lectura (1934), que acaba de ser traducido al castellano (Ediciones de escritura creativa Fuentetaja, Madrid, 2000) por Miguel Martínez-Lage con su habitual brillantez. Se trata de un libro didáctico que es recibido con alegría en unos años en que impera la literatura provinciana y el globalismo económico.

El ABC de la lectura, destinado a los estudiantes, contiene algunas de las opiniones más contundentes y desprejuzgadas de Pound. Por ejemplo que «la principal causa de la falsa escritura es de orden económico. Son muchos los escritores que quieren dinero, o que incluso lo necesitan. Estos escritores podrían curarse de este mal con una buena ración de billetes de curso legal». O que «el cine invalida una gran cantidad de narraciones de segunda fila, y no es menor el teatro que descarta».

En ocasiones se embala, y afirma que John Milton es idiota y obtuso, caprichoso y fantasioso; o que Shakespeare «deseaba ser poeta, pero por causas de fuerza mayor tuvo que dedicarse a escribir obras de teatro». Pero, sobre todo, vuelve a insistir en sus intereses de siempre: Arnaut Daniel y otros trovadores provenzales, Guido Cavalcanti, Dante y pocos poetas italianos más. Villon, Chaucer, John Donne, representantes estos últimos -para él- de una literatura inglesa que no miraba a Europa desde fuera, como si estuviera separada de la tradición clásica.

«He prometido un libro de texto, y es posible que me vaya un poco por las ramas» -escribe Pound en El ABC de la lectura-. Algo que no importa nada, y que más bien se agradece, pues sus análisis de Safo, Ovidio o Propercio -por ejemplo- resultan apasionantes. Lo mismo que sus teorías sobre la poesía china, por mucho que los sinólogos profesionales digan que simplifican en grado sumo la complejidad de la escritura ideográfica en que se compusieron originalmente. Aseguran que cuando afirma: «Los caracteres y las frases del chino son ante todo evidentes escenografías visuales», Pound está delirando, pues sólo una quinta parte del léxico chino se ajusta a esa descripción. Aunque debe tenerse en cuenta que, no por equivocada, deja de ser fructífera su interpretación, como demuestran sus versiones de poemas donde conserva los «sonidos superiores» etimológicos de los signos. Una teoría, desarrollada en El ABC de la lectura, según la cual el lenguaje debe «estar cargado de sentido hasta el límite de lo posible», partiendo de palabras que «proyectan imágenes sobre la retina mental».

Estalla la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y Pound continúa en Italia. Por la radio fascista suelta proclamas anticapitalistas, antidemocráticas, antiamericanas y antisemitas (también antinazis), y continúa trabajando en los Cantos -en uno de los últimos dice: «Perdí el centro peleando con el mundo»-. Con la derrota alemana, es hecho prisionero por los aliados. Acusado de traidor por sus compatriotas, fue internado en una celda de castigo, en la ciudad de Pisa. Lo condenan a muerte (en este periodo escribe sus poemas más conmovedores, los conocidos por Cantos pisanos). Finalmente lo llevan a Estados Unidos en una celda aislada y, salvado de la pena capital merced a una argucia psiquiátrica que consigue que el jurado le declare «privado de razón», terminan en un manicomio.

Pasará allí 13 años. Decide que sus Cantos se llamaran Cantares, como los de gesta castellanos, hasta que en 1958, lo dejan en libertad y se va a Italia. Guardará un silencio casi absoluto -«He llegado tarde a la incertidumbre total… y llegado por el sufrimiento», declara en una de las escasas entrevistas que concedió-, hasta 1972, cuando muere en Venecia.

Antes, en 1968, había dado por concluidos los Cantares (son 117; más de 800 páginas), donde ofrece un flujo de pensamientos fugaces atrapados sobre la marcha en un tejido que va desde China hace milenios, hasta la última noticia del diario del día anterior, pasando por la Florencia renacentista, las cortes medievales francesas y casi todo lo imaginable. Así, ofrece una representación épica del mundo moderno -esdecir, del moderno de hace unos 50 años-, en todo su caos, que permanece como una de las obras más estimulantes y grandiosas de la literatura.

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3 comentarios

  1. Con respecto al comentario de que “decide que sus Cantos se llamarán Cantares”, creo que es falso. Simplemente, Pound decidió que la traducción idónea para el castellano “The Cantos” era “Los Cantares”, como los cantares de gesta castellanos. Se explica en la edición de Cátedra de los Cantares completos.


  2. magnifico Ezra Pound


  3. Siempre es un placer leer sobre il maestro Old Ezra.

    Y efectivamente, André. La estructura del poemario en cantos reproduce la composicion de la Divina Comedia de Dante. Las referencias a la historia y las lenguas mediavales son constantes en su obra. Por eso para él adquiría más sentido que en español la traducción más idónea fuera Cantares por el Cantar de mío Cid.



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