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Ezra Pound y la música

diciembre 21, 2007

1,2,3… Lo esencial está en la matemática del tiempo, en el sonido de las vocales. Que la economía del poema nos revele el ritmo, la canción, un fluir de palabras que se tornen música y canto. Eso es poesía. “La cuestión de la duración relativa de las sílabas nunca ha sido descuidada por los hombres de oído sensible. Particularmente quiero evitar detalles técnicos. La manera de aprender la música del verso es oírla”. Ezra Pound se cansó de aconsejar, de requerir e indicar que el acento debe estar en la música, que la palabra debe volver a alcanzar su máxima posibilidad. Ser pleno sonido donde lata el espíritu y la voz del poeta, donde todo su corazón y pensamiento resuenen como una dulce flauta, a semejanza de lo que sucedía en la poesía medieval, en Sicilia, Provenza o Florencia. En ese entonces poesía y canción no eran términos disociados. Ambos eran uno y el mismo, y no estaba en la naturaleza de la época la suposición de algo distinto. Se escribía para cantar, para entonar las estrofas con música -la cual comúnmente era del mismo autor, como en el caso de los trovadores- impidiéndose de esta manera que el poema se transformase en un mero objeto declamatorio. Situación casi ilusoria en comparación con la actual. Hoy, con sólo abrir alguna de las tantas publicaciones de los llamdodos nuevos poetas, nos hallamos, inmediatamente, ante una salvaje producción donde con desenfado se ha dejado de lado todo lo referente al ”tempo” y, por consiguiente, a la vida de las palabras. Pound confió en volver a la antigua concepción de la poesía como canto y acometió con todas sus fuerzas la labor que lo esperaba en sus roles de crítico, estudioso y forjador de ese renacimiento -“Risvegliamento”, como también lo llamó- que él auguraba y por el cual urgió.

Libertad del artista

Todo esto es posible para el autor de los “Cantos” si el artista goza de libertad. De una libertad que va desde el desprendimiento de los apremios materiales hasta la libertad de expresión. Sin ella todo lo que que resta es poca cosa, se torna cenizas sin haber alcanzando a ser fuego. Pound cuando soñaba con ese renacimiento de la cultura, y en especial de las letras, jamás podía dejar de pensar en la libre expresión, de tenerla presente. Prueba de ello son los diversos estudios que van desde Homero hasta la poesía china y la poesía japonesa, estudios animados por su consideración de la literatura como algo vivo, como un todo único y representativo de la historia íntegra del hombre. Por esto, Pound apunta a emprender un enorme esfuerzo en pos de la producción de algo semejante al “Risorgimiento” italiano. El poeta tiene la gran función social de rescate, desde su “máscara”, de la tradición, de llevar los horizontes hasta el límite extremo y tras esa experiencia entregarnos ese todo tan suyo como propio de la humanidad y su discurso.

Precisión del lenguaje

Muy importante también es para él el cuidado por la eficacia en el uso del lenguaje, en la precisión de los términos empleados. Recordemos cómo elogia la exactitud que se tiene en la Edad Media para con la terminología. El escritor mediante el modo en que maneja la lengua influye en la sociedad más de lo que estamos preparados para percibir. Es creador y trasformador del instrumento por excelencia de la comunicación humana. Y Pound, debido a su sagacidad y profunda penetración, jamás iba a permitirse que se le escapara ese detalle. Su tarea era meditar en esa capacidad que traspasa lo estético.
Esta visión entronca con la noción, que él festeja de “dichten” -verbo alemán derivado de “Dichtung”, poesía- como “condensar”. De esta manera, concibe la literatura como el arte de cargar el idioma de la mayor intensidad, extremando esta capacidad. En su concepción, un mal escritor es aquel que usa más palabras de las necesarias, idea totalmente acorde con la de precisión y claridad.
En entrañable relación con estos pensamientos, su amigo W.C. Williams, en un esbozo de “credo imaginista”, define la imagen como “aquello que presenta un complejo intelectual y emocional en un instante de tiempo”. Williams, además, dará un consejo no menos apropiado: “No uses palabras superfluas, adjetivo alguno, que no revele algo”.

Concluyendo, podemos decir que Pound siempre manifiesta un especial cuidado por los términos y el sonido que éstos adquieren en el poema y en la prosa. Por eso pide y señala lo fundamental: oír el verso, oír esa música que se encuentra como dormida en la palabra pero que debe que existir para que haya poesía. Declara que unas horas de antiguos poemas líricos cantados, nos enseñarán más que un año de trabajo filológico acerca de esta forma de “melopeia”.
Toda la obra de Ezra Pound, desde sus poemas hasta sus translaciones -ve en los “Rubaiyat” de Fitzgerald un ejemplo de traducción- es, además de la demostración de un inmenso amor por la poesía, un intento de proporcionar un conocimiento, de conformar un criterio realmente válido para la lectura y crítica de textos. Para esto Pound programa una serie de lecturas que funcionan como vacuna para el iniciado. Este programa dura de tres a cuatro años e incluye desde Confucio y Virgilio hasta Gautier y Rimbaud.
Los autores pasan a ser “ejes de referencia” que permiten elaborar posteriores juicios acerca de los nuevos escritores que el alumno irá conociendo. Estos “ejes de referencia” son el mínimo necesario sin el cual se perdería toda certeza y se otorgaría un valor desproporcionado a obras menores.
Estos preceptos de Pound no se nos presentan a nosotros como meras invenciones aisladas que, fuera se su contexto, parecen muertas, Quien no sienta dentro de sí la eterna conmoción que cada gestación poética significa, raramente podrá hacer más que mostrar el frío y deslucido esqueleto de la retórica. Con Ezra Pound sucede exactamente lo contrario, todo en él es creación, vivió ebrio de creación, obsesionado por las palabras y su música. Sólo así se puede llevar a la escritura infinitas obras tan bellas como “Francesca”:

Saliste de la noche
y había flores en tus manos
saldrás ahora de una masa confusa,
de un hablar agitado sobre ti.

Yo que te vi en cosas esenciales
me indigné cuando oí decir tu nombre
en sitios ordinarios.
Quisiera que olas frescas fluyeran en mi mente,
que el mundo se secara igual que una hoja muerta,
cual vaina de amargón que alguien tirara
para poder hallarte nuevamente,sola. (2)

Bien lo dice Borges: “Pound encierra ternuras imprevisibles”.

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